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El diablo sabe mi nombre de Jacinta Escudos

«En las tardes de calor me convierto en cocodrilo». ¿Qué es esto? Un cuento. Sí. Un cuento, y otro cuento, y ésta frase  (la primera línea de lo que acaban de leer) es el inicio del cuento «Yo, cocodrilo»  que forma parte del libro de relatos «El diablo sabe mi nombre» de la escritora salvadoreña Jacinta Escudos, que publica la editorial costarricense Uruk Editores, en su colección «Sulayom».  La obra de esta escritora salvadoreña contempla diversos géneros literarios, que van desde cuentos, poesía, crónica y ensayo; fue merecedora del I Premio Centroamericano de Novela “Mario Monteforte Toledo” con su novela A-B Sudario que posteriormente la editorial Alfaguara publicó en el 2003.

Si mi memoria no me falla, la primera vez que supe de Jacinta Escudos fue cuando leí un cuento suyo —que no recuerdo su nombre, por cierto— en la desaparecida  revista de creación literaria El ángel pobre, que dirigía a finales de los años noventa el escritor guatemalteco-nicaragüense Franz Galich, autor de la novela «Managua Salsa City». En esa ocasión Jacinta Escudos publicaba un cuento y contaba de cómo ese texto sobrevivió al comentario crítico del escritor Sergio Ramírez cuando ella se encontraba en un taller con el autor de La fugitiva. El cuento resistió, según creo recordar el comentario de Escudos, a más de una revisión, y no me extrañaría que ese cuento se encuentra entre las sombras de los catorce relatos que integran este libro, escritos entre 1995 y 2003 por diferentes ciudades, entre ellas Managua, Lagenbroich y San Salvador; los escenarios  son difícil de identificar, salvo Francia y Alemania donde la autora se le adelanta al fracasado profeta y mal entonado empresario Harold Camping, en un cuento que se titula «Días del fin»: “Las cosas están ocurriendo con la suficiente lentitud como para que todos tomemos conciencia de lo que está pasando: el fin del mundo ha comenzado”.

Me remito a esta experiencia, porque desde que leí el primer cuento de este libro vino a mí la sombra de Borges a como vino la historia de ese cuento que publicaba la ya mencionada revista. Los cuentos aquí reunidos comparten el común interés de abordar el doblaje de la subsistencia humana, expresado con el dominador “borgeano”  de la “pluralidad del yo y de las múltiples temporalidades” que adquiere un registro subjetivo del relato. Los personajes (en su mayoría mujeres) experimentan transformaciones, como la de una mujer convertida en hombre tras haberse enamorado o un hombre que se empareja con los insectos. 

Se trata, en resumen, de un plato textual exquisito de una escritora que deja entrever que (a pesar de que existan pocas editoriales internacionales interesadas en publicar a escritores de la región) en Centroamérica se sigue intentando escribir buena literatura después de leer a Tito Monterroso o a Rodrigo Rey Rosa.

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